Esta canción, “Las acacias”, me atrapó desde su primera audición. Me ocurrió con ella esas cosas que pasan, a veces, con algunas canciones, no sabes si es por el timbre de la voz, o por un giro melódico determinado, o por una frase concreta de la letra, o por la forma de cantarla el intérprete… lo cierto es que, no sabes cómo pero, se te fijan en el cerebro a las primeras de cambio y ya la tienes registrada, para siempre, en el cancionero de tu vida. Son un puñado, diez, quince, veinte canciones que, más que llegar tu a ellas, llegan ellas a ti; más que incorporarlas, por gusto, conscientemente, a tu memoria musical, se instalan por su cuenta entre tus neuronas, instintivamente, y disfrutan de un espacio privilegiado en la banda sonora de tu vida.
Fue curioso como llegó el disco LP que la contenía a mis manos. Lo recuerdo como si lo estuviera viendo. Era un día de verano, pongamos que del año ochenta o aledaños.

Aprovechando la ausencia vacacional de la madre de un amigo, Alejandro, nos reuníamos en su casa a pasar el rato, a merendar, a jugar a cualquier cosa o, cosa habitual en aquellos tiempos, a escuchar música. En esto estábamos, escuchando unos discos de jazz que solo teníamos ocasión de escuchar en aquella casa. Revolviendo el montón de discos que había encima de una mesa, apilados en la pared, uno, el último del montón, fue a parar al suelo. Lo cogí y al ver de quién era -“Canta María Dolores Pradera”-, Alejandro me dijo que era de su madre, que lo odiaba y que, si quería, lo podía tirar por la ventana. Le propuse que me lo dejara para escucharlo en casa, a lo que me contesto que me lo llevara para siempre.
María Dolores Pradera era una cantante que me gustaba, tenía una cinta con sus canciones más populares, incluso, a comienzos de los años setenta, pude asistir, en compañía de mi hermana Milagros, a un concierto que dio en el Teatro Principal de Zaragoza. Creo recordar que la formación que la acompañaba estaba compuesta por "Los Gemelos", Santiago y Julián,a las guitarras y las voces, Pepe Evora, a los bongos, que aparecen en la foto contigua, y Miguel Palacios, al contrabajo. Con el disco de la madre de Alejandro bajo el brazo llegué a casa, empecé a escucharlo y, cuando llegó el cuarto corte de la cara A, me pasó lo que cuento en el primer párrafo de esta entrada. Allí, escondida entre los microsurcos del LP estaban “Las acacias”, una canción que, desde ese momento, nunca me abandonaría.
Pero, por no alargar demasiado este artículo, no vamos a hablar de María Dolores Pradera en esta ocasión, otras habrá en que lo hagamos porque razones y canciones no faltarán. Prefiero dedicar este espacio para hablar de los autores, más desconocidos y mucho más alejados en el tiempo. También resulta curioso observar el proceso de gestación de este tema, como la universalidad de la música consigue que, un poema español se complemente perfectamente con un estilo de música popular colombiana, para crear tan magnifica canción. El constante viaje de ida y vuelta entre un continente y otro llevaba en sus bodegas, junto a las mercancías que se iban intercambiando, las influencias culturales que, al mezclarse, han ido creando nuevas formas que han enriquecido a las dos orillas y de este intercambio se ha beneficiado, de forma muy especial, la música.
Vicente Medina Tomás, autor de la letra, nació en Archena, Murcia, España, el 27 de octubr

e de 1866. Su padre, además de jornalero, era conocido como “Juan de Dios el de los romances”, pues era gran conocedor de estos e incluso los recitaba por los pueblos del entorno. Este contacto con las historias del romancero y la lectura de los poetas del romanticismo debieron de ser poderosas influencias que lo llevaron hacia la poesía. Ingresó en el ejército y durante su estancia en Filipinas escribió sus primeros versos. A su vuelta colaboró con diversas publicaciones de Cartagena, se casó y publicó su primer libro, “Aires murcianos”, en 1900. Fue su obra cumbre, es un canto al sufrimiento de las gentes de la huerta del Segura. Ha sido considerado como uno de los escritores más importantes, sino el que más, de la región murciana y a quien se debe parte de su identidad regional. En 1908 emigró a Argentina en donde se convirtió en propietario agrícola. Después de 25 años, poco antes de la proclamación de la II República, regresó a su pueblo, pero en 1936, y debido a que había sido ardiente defensor del Frente Popular, volvió a la que consideraba su segunda patria, Argentina, en donde murió, en Rosario, el 17 de agosto de 1937.
Jorge Molina Cano nació en Medellín en 1898. Era sobrino de don Fidel Cano, fundador del diario “El Espectador” de Bogotá, pues su madre, María Cano, era hermana de aquel ilustre periodista. Por el lado paterno era medio hermano del importante empresario antioqueño don Carlos I. Molina, taurófilo a quien se debe la iniciativa y liderazgo de la construcción de la Plaza de Toros “La Macarena”, de Medellín, pues su padre, Rufino Molina, al enviudar poco tiempo después de nacido Jorge, contrajo segundas nupcias con María Cárdenas, matrimonio del cual nació “Don Carlos I”. Fue profesor de la escuela Normal Antioqueña, profesión que abandonó para irse, en larga gira de bohemia, por los países centroamericanos con su tiple, instrumento del que era un virtuoso ejecutante, y con su amigo Iván de Greiff, con quien solía cantar a dúo. Cuando regresó a Colombia, en el año de 1920, ya estaba completamente preso del alcoholismo y atrapado en la vida nocturna de bohemia cantinera. Totalmente atrapado por el vicio decide radicarse en Barrancabermeja, en busca de un ambiente alejado de la bohemia capitalina que le permitiera regenerarse, pero ya era tarde. Murió, en un cuartucho de dicha ciudad, en estado de lamentable y total pobreza, a la temprana edad de 29 años, el 13 de noviembre de 1927.
LAS ACACIAS
-Pasillo-
Letra: Vicente Medina Tomás
Música: Jorge Molina Cano
Ya no vive nadie en ella
y a la orilla del camino silenciosa está la casa,
se diría que sus puertas se cerraron para siempre,
se cerraron para siempre sus ventanas.
Gime el viento en los aleros,
desmorónanse las tapias,
y en sus puertas cabecean
combatidas por el viento las acacias.
Dolorido,
fatigado de este viaje de la vida,
he pasado por las puertas de mi estancia
y una historia me contaron las acacias.
Todo ha muerto,
la alegría y el bullicio,
los que fueron la alegría y el calor de aquella casa,
unos muertos y otros vivos que tenían muerta el alma,
se marcharon para siempre de la casa.